Por Victoria G. Quintana
La internacionalización de las empresas españolas es uno de los elementos importantes que se barajan como claves para que la estructura de nuestro crecimiento económico gane consistencia. Es precisamente este factor el que se destaca como esencial en el futuro modelo del crecimiento económico español en el documento de trabajo “El Futuro de la Economía Española: más internacionalización” (The Way Forward for the Spanish Economy: More Internationalisation). En el mismo se afirma que existe una clara conexión entre internacionalización y creación de empleo, justamente la variable más golpeada en España por los efectos de la crisis. El autor del trabajo es William Chislett antiguo corresponsal de Financial Times, escritor y colaborador del Real Instituto Elcano.
La principal conclusión del estudio es que la economía española necesita una mayor internacionalización. Esta ha de venir como resultado de exportaciones e inversión directa de sus empresas y bancos, lo cual permitiría crear empleo sobre una base de mayor sostenibilidad y generar puestos de trabajo de mayor cualificación. España ha hecho enormes avances en la senda de la globalización en los últimos 20 años, pero tiene todavía un largo camino por recorrer. La estructura de la economía española ha cambiado considerablemente en las últimas tres décadas. Sin embargo, el crecimiento de la productividad en los últimos diez años no ha sido tan considerable (un 0,5% de media).
En un mundo en un proceso de globalización imparable, en el que el precio no es siempre el factor determinante, una marca, un activo intangible, es cada vez más la forma a través de la que compiten las empresas y los países. Chislett afirma que la percepción general sobre España desde el exterior no se corresponde con la realidad del país, y lo que es más importante, afirma que esta percepción no es todo lo buena que debiera. Esta afirmación la acompaña de datos del NBI (Nations Brand Index), el único ranking analítico de lo que se denomina marca país, en el que se refleja que España todavía lucha por exportar una mayor imagen de seriedad. El reto es ahora encontrar la manera de equilibrar pasión y sociabilidad con un alto rendimiento y seriedad. Esta situación exige un esfuerzo bien definido y coordinado de los agentes involucrados en crear la marca país, esfuerzo en el que es preciso conseguir el máximo consenso. En este sentido, el papel que las 17 comunidades autónomas españolas deben jugar es esencial.
El autor hace especial hincapié en la necesidad de transformar el sistema educativo español, que si bien tiene a su favor grandes logros desde el punto de vista de la equidad, presenta deficiencias que es preciso corregir con urgencia. El sistema educativo es la piedra angular para la consecución de una estructura económica más productiva. En un escenario económico en el que la demanda doméstica no va a ser un impulso importante, el motor del crecimiento futuro tiene que venir, en mayor medida de lo que lo ha hecho en el pasado, de las exportaciones.
España cuenta en la actualidad con una decena de compañías que son multinacionales de primera fila en sus respectivos sectores de actividad. La mayoría de estas empresas son cotizadas y los mecanismos que ofrece la Bolsa para articular el crecimiento de las empresas han sido profusamente utilizados en el proceso de internacionalización de las mismas, especialmente en las últimas décadas. Las conclusiones del trabajo de Chislett apelan a la expansión exterior de la empresa española como fórmula de ganar crecimiento con productividad y, en este sentido, indirectamente alientan estrategias que contemplen el uso de recursos eficientes como las Bolsas para implementarlas.