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Sobre el (deficiente) conocimiento económico y financiero de la población: ¿problema de oferta, demanda, sesgos…?

Para el autor revertir la situación pasa por conseguir que el ciudadano perciba de alguna manera que el valor actual neto de la adquisición de conocimientos económicos y financieros es positivo para él.
[Manel Antelo. Departamento de Fundamentos del Análisis Económico (Universidad de Santiago de Compostela) / 19/11/2015]

Agradezco las valiosas sugerencias de Domingo García Coto y Rafael Trelles, así como los comentarios de los asistentes a la Jornada “La educación financiera, un reto para empresas, instituciones y ciudadanos”, organizada por El Nuevo Lunes y BME, y celebrada el 5 de octubre de 2015 en Madrid. También deseo expresar mi agradecimiento a la Xunta de Galicia por el apoyo prestado a través del proyecto GPC-045 2013.

 

En la sociedad moderna las decisiones de los individuos están cargadas de contenido económico, por lo que el conocimiento económico-financiero que tengan estos individuos juega un papel relevante en la racionalidad de las mismas. Sin embargo, la evidencia empírica muestra que dicho nivel de conocimiento es escaso e insuficiente para gestionar los asuntos diarios. En este artículo abordamos las causas y consecuencias de dicho déficit. La conclusión es que el escaso nivel de conocimiento económico-financiero se puede interpretar, con la óptica del análisis coste-beneficio que realiza cada individuo, como “ignorancia racional”. Con todo, la época que vivimos, con tipos de interés históricamente bajos a lo largo de las tres últimas décadas, podría ayudar a revertir la situación, haciendo que el valor actual neto de adquirir más conocimiento fuese positivo.

 

1. Introducción

La alfabetización económica es la competencia para identificar y evaluar conceptos económicos básicos y utilizar la lógica y el enfoque económicos –entendiendo las fuerzas de mercado y los efectos de las medidas de política económica– en situaciones relevantes para la población (Herrera et al., 2011). A su vez, la educación financiera es el proceso que, mediante información, instrucción y/o consejo objetivo, sirve para mejorar la comprensión de los productos financieros por parte de los consumidores e inversores y les permite desarrollar habilidades para conocer mejor los riesgos y oportunidades financieras, tomar decisiones informadas, saber dónde obtener ayuda y adoptar otras decisiones que les permitan mejorar su condición financiera (OCDE, 2005). Sin embargo, y a pesar de la relevancia de ambos conocimientos, la idea generalizada entre la población es que la comprensión de los asuntos económicos y financieros es compleja y, por ende, debe quedar relegada a la academia, los asesores y/o los decisores públicos (Ferreira, 2013).[1] Al autoexcluirse de esta tarea, el ciudadano medio está desperdiciando una buena oportunidad para mejorar su nivel de vida, en la medida en que un mayor conocimiento le permitiría, por ejemplo, sacar más partido a sus recursos financieros. Al mismo tiempo, el mayor conocimiento de los ciudadanos contribuiría a disciplinar el comportamiento de los decisores públicos respecto a los recursos escasos de la sociedad (Raven, 2005; Cortés, 2014) y, en general, a que los mercados fuesen más eficientes.

A pesar de las ventajas individuales y colectivas de una mayor formación, la literatura al respecto evidencia la deficiente cultura económica y financiera de la población (Lusardi 2008; Japelli 2010; Disney y Gathergood, 2012; Denegri et al., 2014; Herrera et al., 2014). Sin ir más lejos, un elevado porcentaje de la población adulta de países como Alemania, Francia o el Reino Unido no tiene los mínimos conocimientos económicos y financieros para operar en la sociedad moderna. Por otra parte, los numerosos estudios que se han llevado en diversos países e instituciones diagnostican que los individuos tienen una deficiente formación financiera, con lo cual la gestión de sus ahorros es manifiestamente mejorable (Ispierto Maté y Oliver Yébenes, 2011).

Los primeros estudios importantes relacionados con la alfabetización económica y financiera datan de la década de 1990 y estuvieron motivados por las decrecientes tasas de ahorro observadas en los hogares estadounidenses. Aunque el debate se centraba en la eficacia de los incentivos fiscales para fomentar el ahorro, surgieron otras líneas de investigación, como la que exploraba la posibilidad de que las bajas tasas de ahorro estuvieran causadas, al menos en parte, por la falta de conocimiento financiero. Entre los trabajos realizados destaca Bernheim y Garret (2003), que concluyó que el nivel de ahorro aumenta con la provisión de educación financiera en el puesto de trabajo. En otro trabajo, Bernheim et al. (2001) analizaron los efectos de la educación financiera durante la edad escolar sobre el ahorro individual y llegaron a la conclusión de que los programas de educación incrementan significativamente las tasas de ahorro y la acumulación de riqueza de los individuos en su edad adulta. Por su parte, Lusardi y Mitchell (2007) analizaron los niveles de alfabetización financiera entre los mayores de cincuenta años y concluyeron que (i) los conocimientos son escasos, (ii) los conocimientos y la planificación de la jubilación tienen una clara correlación positiva y (iii) los individuos con más conocimiento tienden a invertir en productos más sofisticados como las acciones.

Si quisiéramos describir los rasgos diferenciales en la percepción de la gente hacia el conocimiento económico y el financiero, deberíamos hacer mención a dos aspectos. En primer lugar y dado que las finanzas versan sobre la gestión de los recursos financieros mientras que el objeto de la economía es analizar las elecciones que, en general, efectúa la gente en contextos de escasez, el conocimiento financiero parece concitar más atracción en los ciudadanos por su aparente practicidad y cercanía.[2] Entender la lógica económica no parece rendir un beneficio a corto plazo y, por ende, no parece una inversión particularmente útil para la mayoría de la gente.[3] De hecho, si la única vez que la alfabetización económica puede parecer relevante es en una votación, poca gente tendrá el incentivo a invertir en conocimiento económico al objeto votar de forma más inteligente.

En segundo lugar, el razonamiento económico requiere utilizar un nivel de abstracción que el financiero no necesita. Por ejemplo, para comprender el carácter sistémico de la economía y cómo la sociedad es capaz de organizarse para obtener los recursos con los que sobrevivir –a pesar de que sus integrantes no sean conscientes ni entiendan cómo–, es útil imaginar la economía como un hormiguero. A pesar de que ninguna hormiga individual, ni siquiera la reina, conoce cómo funciona el hormiguero y cómo consigue alimentar a todos los miembros o defenderse de los competidores, el hormiguero como un todo es “inteligente”. Del mismo modo, la economía de mercado funciona razonablemente bien a pesar de que la gente no pueda entender su funcionamiento. Cada individuo trata simplemente de hacer su trabajo, sin darse cuenta de cómo funciona el sistema en su conjunto. El resultado es una compleja red de cooperación, rivalidad y coordinación que, sin embargo, ninguno de sus miembros entiende ni trata de hacerlo. Ahora bien, utilizar el nivel de abstracción adecuado a cada contexto no es tarea fácil. Esta dificultad no parece ser del mismo calibre cuando se trata de entender el funcionamiento de mercados como el bursátil o el bancario.

En este artículo examinamos la importancia del conocimiento económico y financiero, revisamos el nivel de conocimiento de la población y analizamos las causas que dificultan el acceso al conocimiento económico y financiero, tanto desde el lado de la oferta, como de la demanda, pasando por los sesgos cognitivos y las anomalías observadas en las decisiones adoptadas. Nuestra conclusión es que la falta de conocimiento económico y financiero de los ciudadanos se puede explicar a la luz del análisis coste-beneficio (marginal) que les sirve para tomar cualquier tipo de decisión y, por ende, las de adquisición de más o menos conocimiento económico-financiero. Concretamente, el escaso nivel de conocimiento en asuntos económicos y financieros se puede catalogar como “ignorancia racional”.

El resto del artículo está organizado de la siguiente manera. En la sección analizamos la importancia del conocimiento económico y financiero. En la sección 3 describimos el déficit de conocimiento que exhibe la población. En la sección 4 presentamos las causas que explican este déficit. La sección 5 concluye.

 

2. Importancia del conocimiento económico y financiero

La alfabetización económica mejora la comprensión del mundo en el que se toman decisiones económicas, financieras y políticas (Salemi, 2005). Su importancia radica en que es útil para resolver problemas económicos y financieros cotidianos, influir en la interacción y las decisiones colectivas y modificar actitudes hacia el entorno social y político, en el sentido de inculcar la idea de escasez en la población en general y, particularmente, en los decisores públicos (Raven, 2005). También es importante para evitar caer en falacias y aprender a reconocer qué agentes o grupos de agentes sociales obtienen rentas de forma productiva o improductiva.[4]

Por otra parte, los sesgos conductuales (tanto los cognitivos como los emocionales) tienen implicaciones importantes en las decisiones económicas de las personas ya que les llevan a tomar decisiones desviadas de lo que racionalmente les conviene en términos económicos. Pues bien, los sesgos cognitivos, como desviaciones de la perspectiva racional que son, se deben mayormente a la falta de conocimiento o información sobre un determinado aspecto.[5] Por ejemplo, si a las personas que juegan a la lotería primitiva se les informa de que la probabilidad de ganar el premio mayor es de uno entre 14 millones y se les muestra puntualmente lo que ello representa, es muy probable que muchas dejen de jugar, porque la información anula el sesgo. Asimismo, sesgos como el de incertidumbre, que lleva a los individuos a tener una marcada aversión a los momentos de incertidumbre y que, entre otras cosas, les impide evaluar adecuadamente el riesgo desde su propia perspectiva, pueden ser mitigados brindándoles conocimiento puntual, entendible y preciso sobre planificación financiera (Fernandes et al., 2015).

 

3. El déficit de conocimiento económico y financiero entre la población

A pesar de las ventajas individuales y colectivas de una mayor formación, la literatura al respecto ha mostrado el deficiente nivel de conocimiento económico y financiero de la población (Lusardi, 2008; Japelli 2010; Disney y Gathergood, 2012; Denegri et al., 2014; Herrera et al., 2014). Se ha observado, por ejemplo, que el dominio de ciertas habilidades rudimentarias en la gestión de las finanzas personales por parte de los individuos, no es suficiente para una comprensión estructurada del mundo económico (Denegri et al., 2014). En primer lugar, existe una gran dificultad para comprender la naturaleza sistémica de la economía, los mecanismos de crédito y endeudamiento y los costes asociados, así como el proceso de comparación de distintas alternativas de ahorro e inversión que sean rentables a corto y largo plazo (Herrera et al., 2011). En segundo lugar, el consumo es poco reflexivo (se gasta por encima de las posibilidades), especialmente en los estratos socioeconómicos medios. En tercer lugar, se concibe el Estado como un agente paternalista, asignándole la potestad de regular y controlar todo el sistema económico, cuando su papel real en una economía de mercado está muy alejado de este arquetipo.

Asimismo, se ha analizado la relación entre déficit de conocimiento económico-financiero y nivel de participación en los mercados, así como la relación entre conocimiento y solicitud de asesoramiento profesional y los efectos a escala macroeconómica de la falta de conocimiento. La conclusión, sin embargo, no es inequívoca. Mientras que los individuos que participan en algunos mercados financieros (en la selección de cartera o en planes de ahorro para la jubilación, por ejemplo) tienen, en promedio, una mejor comprensión de los conceptos relevantes para estos mercados que los que no participan (Lusardi y Mitchell, 2007; Guiso y Jappelli, 2009; Banks et al., 2010; Clark et al., 2011; Hastings et al., 2011; Yoong, 2011), los que participan en otros mercados (por ejemplo en los de crédito al consumo) tienen peor conocimiento que los que no participan (Disney y Gathergood, 2012). Por otra parte, autores como Bachman y Hens (2014) han mostrado que cuanto más bajo es el nivel de alfabetización económico-financiera de los inversores, menos proclives se muestran a solicitar asesoramiento profesional. Por último, existe cierta evidencia de que la escasa formación en economía y finanzas que manifiesta la población conlleva graves perjuicios a escala macroeconómica. Por ejemplo, Starcek y Trunk (2013) sitúan en la falta de alfabetización económica y financiera uno de los desencadenantes de la crisis financiera global de 2008 y de que esta se haya prolongado a lo largo del tiempo.

 

4. Causas del deficiente conocimiento económico y financiero

4.1. El lado de la oferta

 

Invisibilidad de la economía y las finanzas en la educación primaria y secundaria

Desde el lado de la oferta, una causa del déficit de conocimiento económico y financiero de la población es la invisibilidad de la Economía en la formación reglada (Domínguez-Martínez, 2013). Mientras que disciplinas como la Biología, la Química o la Física jalonan desde siempre la educación reglada mediante asignaturas específicas, la Economía ha estado ausente hasta épocas muy recientes, y cuando se ha incorporado lo ha hecho de manera tímida y transversal.[6]

 

La dominancia del pseudoconocimiento en la oferta

Otra causa de oferta que explica el escaso conocimiento económico-financiero de la población es la excesiva importancia de los procedimientos simplistas (pseudoconocimiento) en los medios de comunicación y los foros públicos frente al conocimiento riguroso. Las razones de esta dominancia son dos. En primer lugar, el coste de oportunidad de transmitir conocimiento para profesionales competentes es muy elevado. En segundo lugar, las habilidades que se requieren para ser asesor, analista de coyuntura o comunicador exitoso no siempre las poseen los que tienen más conocimiento en un determinado campo. Además de la dotación de capital social y político para ser escuchado en los foros adecuados y de una buena capacidad de comunicación, para comentar políticas públicas es necesario disponer de un conocimiento más global y práctico que el que pueda poseer un reconocido investigador.

 

4.2. El lado de la demanda

 

El recelo que inspira en la población

La animadversión hacia el conocimiento económico y financiero, acusándolo de enmascarar una agenda ideológica tras su complejidad, pretender una calidad científica que no merece y poseer una deficiente capacidad explicativa y predictiva, es claramente un elemento que, desde el lado de la demanda, dificulta el acceso al conocimiento. En rigor, esta percepción subjetiva no solo es motivo de falta de conocimiento, sino también consecuencia del mismo. De hecho, se desvanecería en buena parte si un mayor volumen de demanda exigiese razonamientos precisos y recetas bien definidas en lugar de ideología y/o tomase la iniciativa de buscar información en los blogs especializados, libros y expertos con buena praxis a la hora de opinar en público (Ferreira, 2013).[7]

 

El significado de los conceptos y relaciones económicas

Mucha gente reconoce el nombre de conceptos económicos básicos como la escasez de los recursos, el coste de oportunidad, el análisis marginal, el flujo circular de la renta o la creación del dinero, pero es incapaz de asimilarlos y de incorporarlos en sus análisis de los asuntos económicos y en sus procesos decisorios.[8] Por ejemplo, aunque muchas personas saben que la inflación es el aumento generalizado de precios, no entienden la relación existente entre los tipos de interés y la inflación o entre el cambio en la masa monetaria que circula en la economía y la tasa de inflación.

 

Los principios económicos básicos

Muchos principios que rigen la lógica económica son obviados por el ciudadano medio cuando toma decisiones en la vida diaria, lo cual lleva a que estas disten de ser las óptimas. Por ejemplo, los costes implícitos –y no solo los explícitos– deben ser tenidos en cuenta a la hora de tomar cualquier decisión. Sin embargo, no siempre se hace, lo cual equivale a no contabilizar el verdadero coste de optar por una alternativa. La Tabla 1 muestra los costes a considerar a la hora de decidir si ir o no a la Universidad.

Tabla 1. Costes de ir a la Universidad

 

Tipo de coste

Lo tiene en cuenta el usuario

¿Debe tenerlo en cuenta?

Matrícula, seguro y material didáctico

Explícito

Pensión

Una parte explícito (el posible incremento de alquiler en la ciudad donde está la Universidad con respecto al alquiler que paga en su lugar de residencia) y otra parte hundido

Solo la parte de coste explícito

Manutención

Hundido

No

Transporte

Explícito

Esfuerzo psicológico

Explícitos

No

Salario perdido

Implícito

No

 

Ahora bien, ¿realmente se tienen en cuenta todos los costes relevantes?

Por otra parte, los costes irrecuperables (o hundidos) no deben guiar la toma de decisiones. Muchas veces, sin embargo, no se sigue este principio, lo cual invalida la decisión adoptada. Imaginemos que estamos planeando hacer el trayecto Santiago-Madrid (600 Km) y nos resulta indiferente viajar en tren o en coche, excepto en lo que concierne al coste. Por el billete de tren tenemos que pagar 190€, mientras que el coste del coche en un año normal en el cual recorremos 10.000 Km con él es el dado en la Tabla 2.

 

Tabla 2. Coste del coche si recorremos 10.000 km al año

Coste en:

Euros

Seguro

1000

Intereses del préstamo

2000

Gasolina, aceite y neumáticos

1000

Mantenimiento (ITV, arreglos…)

1000

Total

5000

 

A la vista de la Tabla 2, y considerando que todos los costes tienen la misma relevancia decisoria, el viaje en coche cuesta 0,50·600=300€ y, en consecuencia, parece que lo óptimo es hacer el viaje en tren. Esta conclusión no es, sin embargo, correcta porque estamos contabilizando los costes irrecuperables: el seguro y los intereses del préstamo son costes hundidos e independientes de si utilizamos o no el coche para viajar; aunque optemos por el tren y el coche quede aparcado en el garaje, no se recuperan. El verdadero coste de ir en coche es, pues, 0,20€ por km, con lo cual el viaje cuesta  cantidad mucho menor que lo que cuesta el billete de tren.

 

La razón exacta detrás de los acontecimientos económicos y del efecto de las políticas: las falacias

Los individuos elaboran constantemente narraciones sobre las relaciones entre las variables  económicas y cuya mayor o menor exactitud depende de su grado de alfabetización. En este proceso, el hecho de que las relaciones económicas sean complejas e involucren muchas variables distintas hace que sea fácil equivocarse en la razón exacta de los acontecimientos económicos o del efecto de las políticas en la economía. Estas confusiones se conocen como falacias o mitos económicos y son argumentos falsos para explicar los acontecimientos económicos. Aunque aparentan ser argumentos verdaderos, inducen a engaño y juegan un papel relevante en la configuración del pseudoconocimiento económico.

La trampa más común es la falacia de la composición, consistente en suponer que lo que es cierto para una parte del conjunto, también lo es para la totalidad del mismo. Sin embargo, en economía, suele ocurrir que el total es diferente a la suma de sus partes. Por ejemplo, cuatro afirmaciones correctas y que, sin embargo, serían sorprendentes si pasásemos por alto la falacia de la composición son las siguientes:

(i) Si un agricultor tiene una gran cosecha, aumentarán sus ingresos; si todos los agricultores tienen una gran cosecha, los ingresos agrícolas disminuirán.

(ii) Si un individuo recibe una gran cantidad de dinero, su bienestar aumentará; si todos reciben una gran cantidad de dinero, es posible que empeore el bienestar de todos.

(iii) Si se impone un precio alto en una industria determinada, es probable que los productores de esa industria se beneficien; si se imponen precios elevados en todas las industrias, empeorará el bienestar de la mayoría de los productores y consumidores.

(iv) Si una familia aumenta su ahorro, es posible que su bienestar mejore; si todas las familias del  país aumentan su ahorro, el bienestar de la sociedad empeorará.

En estos ejemplos el comportamiento del agregado es muy distinto al de cada uno de los individuos que lo componen porque es el resultado de grupos de agentes que interaccionan unos con otros.

La falacia de la causalidad falsa o falacia “post hoc”[9] surge cuando se argumenta que, dado que un acontecimiento A sucedió antes que otro acontecimiento B, A fue la causa de B. Los argumentos entre gobernantes suelen abusar de esta falacia. Un candidato elegido en un momento del ciclo económico en el que a los pocos meses de estar gobernando empieza una recesión, es acusado por el candidato opositor de ser culpable de la crisis, aduciendo que si hubiese ganado él, e ignorando por completo el ciclo económico,[10] la recesión no habría tenido lugar.

En definitiva, muchos de los mensajes que jalonan la divulgación económica son falacias comunes del razonamiento económico que transmiten pseudoconocimiento. Ahora bien, a pesar de que las falacias comunes son argumentos falsos, resultan suficientemente atractivas y convincentes para que el ciudadano medio los asimile sin mayor reparo.

 

Pasar por alto el marginalismo

Ignorar el marginalismo equivale a ir al extremo sin considerar el coste que supone. Imaginemos que alguien reclama seguridad absoluta en los barcos petroleros sin reparar en que construir barcos tan seguros puede ser posible, pero tal vez haga prohibitivo transportar petróleo. En este caso, lo que se está ignorando es el principio marginalista de que los beneficios (marginales) de consumir o producir una unidad adicional deben compararse con los costes (marginales) de consumir o producir dicha unidad. Cada unidad más de seguridad aumenta la seguridad total del barco pero tiene un coste. La (inexorable) ley de la productividad marginal decreciente hace que las primeras unidades de seguridad que se añadan puedan servir para aumentar mucho la seguridad total y a un coste razonable, pero a medida que se incorporen nuevas unidades la mejora en la seguridad será cada vez más pequeña y a un coste cada vez mayor. Por lo tanto, decisiones extremas que apelan a la totalidad cueste lo que cueste como por ejemplo la política de “un niño o niña, un ordenador” pueden crear situaciones insostenibles por el hecho de no igualar el beneficio marginal al coste marginal.

 

No reconocer la superioridad del mercado frente a otras reglas de asignación de los recursos

El principio de que los bienes y servicios van a parar a los consumidores que los valoran más y, por tanto, tienen mayor disponibilidad marginal a pagar por ellos es lo que subyace en la curva de demanda de esos bienes y servicios, y en las transacciones vía mercado en general. El sistema de mercado es, pues, un mecanismo eficiente en el sentido de Pareto. Otros sistemas de asignación como los sorteos,[11] en los que los que consiguen el bien o servicio pagan el precio fijado en el sorteo, no son eficientes. La razón es que los consumidores del bien o servicio no tienen por qué coincidir con los que más lo valoran. En consecuencia, la asignación correspondiente es inferior a la que resultaría del mercado.

Tampoco son eficientes reglas de asignación en las que, en lugar de cobrar a los ciudadanos por los bienes y servicios, se les obliga a pagar en forma de tiempo de espera (colas). Por ejemplo, el consumo de asistencia sanitaria no se raciona por la disposición a pagar, sino por la disposición a esperar en la consulta. Se argumenta que las colas pueden ser un mecanismo eficaz para discriminar entre los individuos que necesitan mucha asistencia sanitaria (los que están más dispuestos a esperar) y los que necesitan menos. Sin embargo, puede suceder que individuos no tan necesitados de asistencia (parados o jubilados, por ejemplo) estén más dispuestos a hacer cola que otros más necesitados (trabajadores pluriempleados y atareados o empleadas del hogar, por ejemplo). Las colas tienen, además, un coste social real, que es el tiempo perdido haciendo cola y que podría evitarse si se utilizaran los precios como mecanismo de racionamiento.

Un tercer ejemplo es el mecanismo de asignación mediante concursos (“concursos de belleza” en el argot económico), el cual es de amplia utilización por parte del sector público a pesar de que sus propiedades económicas son inferiores a las de las subastas (López Casasnovas et al., 2003). 

 

El ninguneo de la cláusula “ceteris paribus”

Otra dificultad para acceder al conocimiento económico es analizar el efecto de una variable en el sistema económico sin mantener constante todo lo demás. Las relaciones económicas involucran con frecuencia muchas (más de dos) variables, por lo que intentar analizar la relación de causalidad entre dos de ellas sin aislar el impacto de las restantes puede provocar conclusiones precipitadas sobre el nexo entre esas dos variables. Por ejemplo, en el caso de un bien normal, podemos asegurar que una subida en el precio reduce la cantidad demandada, siempre y cuando las demás variables que también influyen en la demanda del bien (los precios de otros bienes sustitutivos y/o complementarios, la renta de los consumidores, el gasto en publicidad, etc.) permanezcan inalteradas. Así, si el precio de los coches aumenta, ceteris paribus, la cantidad demandada de coches se reducirá. Sin embargo, si no mantenemos constante todos los factores que influyen en la demanda de coches además del propio precio, es posible que se vendan más coches a pesar de que se han encarecido (porque la gasolina se haya abaratado, la renta de los consumidores haya aumentado, los tipos de interés al consumo se hayan reducido, los precios de otros medios de transporte alternativos al coche hayan subido…). Es evidente que si no mantenemos constantes todas las demás variables distintas del precio, no es posible examinar la causalidad exacta entre el precio y la cantidad demandada. 

 

 El anumerismo y la dificultad para interpretar los gráficos

El mundo de la economía y las finanzas es esencialmente numérico, por lo que poseer una mínima alfabetización matemática es condición necesaria para adentrarse en él. Sin embargo, el anumerismo, como dificultad para comprender datos numéricos y conceptos matemáticos básicos (Antelo y Peón, 2012; Ferreira, 2013), es un problema ampliamente generalizado entre la población. Incluso buena parte de los estudiantes de Economía y ADE tienen dificultades para entender conceptos tan básicos como la relación funcional entre variables, la variación relativa de una variable con respecto a la variación relativa de otra o la pendiente de una función.

Por otra parte, los gráficos son diagramas que muestran cómo se relacionan entre sí dos o más conjuntos de datos o variables. Los gráficos son un invento moderno,[12]  pero fueron rápidamente incorporados al análisis económico y financiero porque permiten analizar relaciones económicas y tendencias históricas, así como transmitir una gran cantidad de información de manera rápida y en un espacio muy reducido. Por ejemplo, un gráfico temporal de desempleo muestra el nivel que alcanza la tasa de paro (i.e., si es alta o baja), en qué forma cambia (si aumenta o disminuye) y la velocidad con la que cambia (si sube o baja rápida o lentamente). Sin embargo, no todo el mundo interpreta correctamente los gráficos.[13] Por si fuera poco, los gráficos de series temporales pueden ser utilizados para crear una representación engañosa, omitiendo el origen en el eje de la variable que estamos midiendo y/o estirando y comprimiendo la escala del eje de la mencionada variable. De ahí la importancia de interpretar correctamente los gráficos para percatarse de ello.

 

Intertemporalidad e incertidumbre

Dentro de la dificultad indicada, la comprensión de los problemas económicos y financieros podría ser razonablemente asequible cuando están enmarcados en contextos estáticos y ciertos. Sin embargo, la temporalidad y la incertidumbre están presentes en la mayoría de los asuntos de la economía y las finanzas, y visualizar el conocimiento que podamos tener de estos asuntos se torna más inaccesible en contextos dinámicos con riesgo e incertidumbre. Por ejemplo, puede resultar costoso interpretar con naturalidad qué significa la rentabilidad esperada, visualizar el riesgo o la volatilidad como lo qué mide la varianza[14] o interiorizar que la volatilidad económica y financiera está ligada en gran medida a las expectativas (Antelo y Peón, 2012).

 

Lo aparente y lo que subyace

En economía y finanzas es frecuente que el análisis superficial de las relaciones de causalidad entre variables económicas no sea el correcto y conduzca a conclusiones precipitadas. Por ejemplo, la relación positiva entre el riesgo y el rendimiento es fácilmente asimilable: el rendimiento es un bien y el riesgo un mal, con lo cual la forma de que un inversor esté dispuesto a asumir un riesgo más elevado es compensándole con un mayor rendimiento. Sin embargo, si no analizamos con cautela qué hay detrás de esta relación, podemos llegar a conclusiones contradictorias. Consideremos un país cuyo Tesoro emite una determinada cantidad de bonos al 3% para financiar el déficit público y supongamos que, por las expectativas de los mercados de deuda, el riesgo y la confianza en la solvencia del país, los potenciales inversores no están dispuestos a comprarlos. Como resultado, el precio de los bonos cae (y su rendimiento aumenta) hasta que los inversores aceptan comprarlos. Supongamos que la demanda absorbe la oferta cuando el tipo de interés llega al 5%. Alguien podría plantearse: ¿cómo es posible que al 3% los demandantes de bonos no los hayan comprado porque no confiaban en la solvencia del país, mientras que confían al 5% cuando, en principio, al país le resultará más difícil cumplir con las obligaciones contraídas al 5% que al 3%?

La contradicción anterior es aparente y se disipa cuando analizamos qué subyace en la relación riesgo-rendimiento. No es cierto que los compradores crean que el país será más capaz de cumplir su compromiso cuando el tipo de interés de los bonos es mayor; su nivel de confianza es el mismo de antes o incluso menor. Lo que aumenta es la expectativa de rendimiento de los bonos ponderado por riesgo (el valor actualizado neto, si se quiere) y por esa razón ahora están dispuestos a comprar los títulos cuando antes no estaban.

Este ejemplo ilustra que en el conocimiento económico y financiero no es infrecuente que, para comprender las relaciones causales entre las variables económicas, haya que analizar qué subyace en las mismas.[15] Sin embargo, ¿a cuánta gente le motiva realizar este análisis? No solo porque es costoso (y la gente tiende a evitar costes), sino también porque lo que más le atrae son afirmaciones simples, tajantes y con carga ideológica. ¿A cuánta gente le seduce oír hablar de economía o finanzas con la argumentación de “imaginemos…” o “supongamos que…”?

Donde también es necesario tener en cuenta lo que no se ve es en las situaciones como la paradoja del cristal roto que el gran economista francés Frédéric Bastiat propuso en 1839. Un vándalo que pasea por la ciudad de Bayona rompe el cristal de una panadería y el panadero queda desolado por tal acontecimiento. La gente que, casualmente, pasa por el lugar se reúne a su alrededor para consolarlo, pero acaba admitiendo que el acto vandálico es (paradójicamente) algo beneficioso para la sociedad: el panadero está obligado a gastar un dinero en reponer el cristal y la cadena de gastos e ingresos que se suceden (el multiplicador keynesiano) beneficiará a toda la sociedad. Este argumento, sin embargo, solo considera el efecto visible y no el efecto multiplicador que se produciría si el vándalo no hubiese roto el cristal y el panadero pudiese gastar el dinero del cristal en el par de botas que tenía pensado regalar a su mujer. Teniendo en cuenta que este efecto (invisible) sería, cuantitativamente, equivalente al que se ha producido, la conclusión es que el efecto neto del acto vandálico es la pérdida de un cristal.   

Si tenemos en cuenta que la temporalidad y la incertidumbre desempeñan un papel preponderante en la toma de decisiones financieras por parte de los ciudadanos, a las dificultades que hemos indicado para obtener conocimiento económico-financiero deberíamos añadir alguna más, especialmente relevante para explicar el déficit de conocimiento financiero. 

 

La forma en cómo aprendemos a tomar decisiones económicas y financieras

En nuestra conducta decisoria influyen dos tipos de conocimiento: el adquirido de forma individual (asimilación) y el adquirido de forma social (imitando a los individuos más ricos o influyentes). De los dos, el más decisivo es el conocimiento obtenido por imitación (efecto manada), lo cual da lugar a tres efectos perniciosos (Bossan et al., 2015). En primer lugar, hace que las decisiones sean más extremas que si fuesen adoptadas a partir del aprendizaje individual. Por ejemplo, las personas que deciden invertir en bolsa lo hacen motivadas por el conocimiento que obtienen de su entorno (una vez que oyen decir a otras personas que están obteniendo cuantiosas rentabilidades, las imitan y deciden invertir), invierten en proporciones mayores y/o asumiendo más riesgos que lo que recomendaría el conocimiento adquirido de forma individual.

En segundo lugar, los individuos cuya fuente de conocimiento financiero es social son propensos a tener una percepción más alejada de la realidad. Este conocimiento se comporta como “el juego del teléfono descompuesto”, en el que cada individuo que suministra información percibe la realidad de forma distinta. Por lo tanto, su percepción estará distorsionada de la realidad al partir de premisas erróneas, y la percepción de futuros receptores aún estará más alejada.

En tercer lugar, imitar la conducta de otros hace que asimilemos y reaccionemos tardíamente a los cambios del entorno. La razón es que para tomar la decisión es necesario exponerse a muchos comportamientos similares del entorno a fin de adquirir ese conocimiento. Por ejemplo, las personas que en una determinada tendencia alcista entran en bolsa “muy tarde” suelen toparse con los momentos previos a las caídas. Lo mismo sucede con las que entran en negocios piramidales.

 

4.3. Los sesgos cognitivos

El papel de los sesgos y las anomalías es especialmente relevante en el campo financiero porque el contexto decisorio está caracterizado por el cálculo de probabilidades y la elección bajo riesgo e incertidumbre. Y tanto la Psicología como la Economía y las Finanzas conductuales ofrecen abundante evidencia de que la estimación de probabilidades y riesgos de la gente suele discrepar de las leyes de la probabilidad. Por lo tanto, otro rasgo que frena la alfabetización económica y financiera es la pléyade de sesgos cognitivos y emocionales de los individuos cuando adoptan decisiones y que provocan anomalías en dichas decisiones, es decir, resultados empíricos que “son difíciles de racionalizar o que requieren de hipótesis poco plausibles para explicarlos en el contexto del paradigma” (Khaneman et al., 1991) y que, además, tienden a potenciarse en la interacción de mercado (Bonatti, 2013).

Sutherland (1992) y Hammond et al. (1999) son algunos de los autores que han dado cuenta de un importante número de sesgos relevantes, documentados y verificados en la mayoría de los comportamientos, tanto en contextos intertemporales como de riesgo e incertidumbre. Las limitaciones de nuestra memoria inmediata, la falta de información o la incertidumbre acerca de las consecuencias de nuestras acciones hacen que las personas recurran, de forma sistemática, a atajos mentales (heurísticos) que utilizan para simplificar la solución de problemas y les permiten realizar evaluaciones en función de datos incompletos y parciales. Pues bien, los sesgos cognitivos se pueden mitigar, al menos en parte, facilitando información y conocimiento a los individuos sobre la causa que desencadena el sesgo.

 

4.4. La asimetría informacional: Talento, reclamo e innovación financiera

A diferencia de los sectores de la economía real e incluso de los reguladores, la industria financiera ofrece dos incentivos que atraen con fuerza a los profesionales más capacitados: unas generosas primas y la posibilidad de participar en un sector exclusivo y elitista compitiendo agresivamente con otros profesionales de perfil similar. Estos incentivos atraen a los graduados con más talento, motivados para triunfar profesionalmente y, por tanto, muy involucrados con la filosofía del sector (Antelo, 2011).[16] Si a ello añadimos la posibilidad de disponer de un amplio arsenal de herramientas para diseñar nuevos instrumentos financieros (venta en corto, uso de derivados, paraísos fiscales, alto apalancamiento…) y mejorar así sus primas, no es de extrañar que la innovación financiera sea tan intensa que los clientes difícilmente pueden estar al día en la comprensión de la verdadera naturaleza de los nuevos productos e instrumentos financieros cuando estos se comercializan. El desfase informacional también atañe a las instancias reguladoras, las cuales se hallan en inferioridad de condiciones para atraer a personal al menos tan cualificado como el de la industria financiera y con medios para supervisar la imparable innovación financiera.

El proceso que ha cristalizado en la gran ventaja informacional de la oferta sobre la demanda y la regulación tiene su origen en la crisis de la década de 1970, cuando la economía financiera empezó a dominar la economía real. Desde entonces, la ralentización del crecimiento de la productividad de la economía y el aumento de los costes hicieron que la economía financiera fuese la vía de escape elegida por los grandes capitales para seguir manteniendo sus expectativas de rentabilidad (aumentando el crédito global, realizando operaciones con apalancamiento, desarrollando el mercado de derivados, titulizando activos, ampliando los balances…). De hecho, siempre que el margen de los productos financieros se estrecha, los balances bancarios se expanden y la innovación financiera acaba acelerándose para no ver menguada la cifra de negocios (Antelo, 2011). Esta innovación no es seguida por la demanda y ello exacerba la asimetría informacional.

 

4.5 Balance final

Una vez examinados algunas de las causas que dificultan el acceso al conocimiento económico y financiero de la población, podemos concluir que la escasa cultura económico-financiera se puede interpretar como “ignorancia racional”. Como es sabido, los individuos están dispuestos a adquirir una unidad (marginal) adicional de un bien o servicio si la utilidad o beneficio que les proporciona es igual o mayor que el precio que deben pagar por ella; si es menor, desisten de consumirla. En nuestro caso, las múltiples dificultades enumeradas para acceder al conocimiento económico y financiero, la gran cantidad de información disponible y la elevada dispersión de esa información hacen que el coste de adquirir conocimiento económico- financiero sea elevado. Además, dicho coste acontece durante el proceso de formación, mientras que el beneficio que pueda resultar de una mejor cultura económico-financiera no se consigue inmediatamente, sino en el futuro, y tampoco se consigue con total certidumbre. No es cierto que un mayor conocimiento económico y financiero garantice un mejor resultado para el individuo; lo que sí da lugar es a una mayor probabilidad de obtener un mejor resultado en términos de rentabilidad de los recursos propios.

Pues bien, el principio coste-beneficio dicta que es (no es) racionalmente económico adquirir conocimiento económico-financiero si el valor actual neto de hacerlo es positivo (negativo). Dicho valor actual neto resulta positivo o negativo según la tasa de descuento temporal que utilicen los individuos. Si las preferencias temporales de los individuos son tales que descuentan mucho el futuro, entonces el valor actual neto es negativo, en cuyo caso la decisión óptima es no adquirir (más) conocimiento. Por el contrario, si el descuento es suficientemente reducido, la decisión óptima es adquirir (más) conocimiento. Si tenemos en cuenta que la tasa de descuento individual equivale al tipo de interés de mercado[17] y que, desde la década de 1990, este se sitúa en niveles históricamente bajos en todas las economías desarrolladas, cabe esperar que los individuos perciban una situación más propicia para invertir en conocimiento económico-financiero que en épocas pasadas, cuando el tipo de interés superaba los dos dígitos.  

 

5. Conclusiones

En este artículo hemos examinado el grado de alfabetización económico-financiero de la población, enfatizando que la alfabetización económica está vinculada con la educación político-social para entender el proceso de toma de decisiones individuales y sociales y las consecuencias (tanto las visibles como las invisibles) de tales decisiones, mientras que la educación financiera tiene que ver con la habilidad para tomar decisiones financieras informadas y responsables en contextos de riesgo e incertidumbre.

La evidencia empírica indica que el nivel de conocimiento de la población es insuficiente para interactuar en la sociedad actual. Una vez analizadas las causas que dificultan el acceso a este conocimiento, desde el lado de la oferta, la demanda y los sesgos cognitivos en el comportamiento de los individuos, llegamos a la conclusión de que la falta de conocimiento económico y financiero se puede interpretar como una decisión individualmente racional. Si la tasa de descuento temporal de cada uno de los individuos es suficientemente elevada (porque, por ejemplo, sus anhelos y sus metas son cada vez más cortoplacistas), los beneficios esperados serían inferiores a los costes y el valor actualizado neto de la (adquisición de una unidad más de) formación económica y financiera tendría un valor negativo. De esta forma, la decisión óptima sería no adquirir dicha unidad adicional de formación y el escaso nivel de conocimiento en economía y finanzas podría explicarse como el resultado de una decisión racional, desde el punto de vista económico: la de que es fruto de la “ignorancia racional”.

No obstante, la situación general de las economías desarrolladas, con tipos de interés históricamente bajos desde mediados de la década de 1990, podría ayudar a revertir esta situación, contribuyendo a que el valor actualizado neto de adquirir conocimiento económico-financiero sea positivo. De este modo, el análisis coste-beneficio de la decisión formativa en economía y finanzas arrojaría un resultado más propicio para la racionalidad de dicha decisión.

 

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Notas de pie

[1] En España el conocimiento económico de los reguladores queda en entredicho a la luz de decisiones como la adjudicación de las licencias de telefonía móvil de última generación realizada en el año 2000. Mientras que Alemania, Bélgica, Francia o el Reino Unido utilizaron el sistema de subasta, el regulador español utilizó el sistema de concurso, otorgando las licencias a quien cumplía los requisitos fijados por el regulador y, por ellas, cobró un precio decidido políticamente. Que el concurso es inferior a la subasta lo puso de relieve la escuálida recaudación obtenida en comparación con la que obtuvieron los países que subastaron las licencias.

[2] Entender el funcionamiento de la bolsa de valores puede resultar, en efecto, más entusiástico que comprender la lógica del principio de mínima diferenciación o la irrelevancia de la titularidad de los derechos de propiedad cuando se trata de corregir externalidades en ausencia de efectos renta.

[3] Entender, por ejemplo, los efectos de una determinada política pública es poco valioso para el ciudadano medio, al tener poca recompensa monetaria.

[4] Entender por ejemplo las diferencias básicas existentes (y las consecuencias) entre organizar un concurso o una subasta para la concesión de un determinado servicio público.

[5] Por el contrario, los sesgos emocionales, relacionados directamente con naturaleza de la psicología humana, no pueden ser mitigados simplemente con mayor información.

 [6] Por ejemplo, la formación reglada en materias de tipo económico o financiero dirigida a jóvenes de 15 años está muy poco extendida en España. Mientras que en el ámbito de la OCDE el 51,8% de los alumnos evaluados en el informe PISA 2012 asisten a centros donde se imparte educación económica y financiera, el porcentaje se limita al 15% en el caso de España (OCDE, 2014). Además, tanto en España como en el resto de países evaluados, la educación financiera en las escuelas no se imparte prioritariamente en una asignatura específica, sino de manera transversal. (El mismo informe señala dos conclusiones más: por una parte, los estudiantes que asisten a centros en los que se imparte educación económica y financiera tienen mejores resultados que los que asisten a centros en los que esta materia no está disponible; por otra, los docentes españoles participan, en promedio, menos que los de otros países en cursos de formación en materias económicas.)

[7] Es decir, expertos capaces de transmitir el grado de incertidumbre que está detrás de sus opiniones profesionales y distinguir entre las opiniones que reflejan preferencias individuales y las que contienen dictámenes profesionales.

[8] Frank et al. (1993) analizaron el comportamiento, por pares, de los estudiantes del primero y último años de Economía, y de los estudiantes del último año de otras disciplinas distintas de la Economía al objeto de evaluar su inclinación a cooperar o no cooperar en el juego del dilema del prisionero. La estrategia más elegida por los estudiantes del primer año de Economía y los de otras disciplinas fue cooperar. Sin embargo, los estudiantes del último año de Economía mostraron una propensión a no cooperar un 17% mayor. De alguna forma, parece que enseñar a los estudiantes que tiene sentido ver el mundo racionalmente y que cooperar es irracional en ciertos juegos cambia su conducta con respecto a los que no reciben esa educación.

[9] También llamada falacia post hoc, ergo propter hoc.

[10] Wood (2014) enumera 50 falacias económicas que oímos a menudo en nuestro entorno.

[11] En las finales de las competiciones futbolísticas europeas la UEFA fija el precio de las entradas y la cantidad de ellas que recibe cada equipo. Sin embargo, al precio fijado por la UEFA la demanda de entradas por parte de los socios de cada uno de ellos suele ser superior a la oferta, por lo que los equipos recurren a un sorteo.

[12] Los primeros gráficos aparecieron a finales del siglo XVIII, mucho después de que se forjaran conceptos matemáticos más complejos como los logaritmos o el cálculo.

[13] Por ejemplo, el gráfico de la frontera de posibilidades de producción de una economía muestra que si esta se encuentra en algún punto de la misma, entonces no es posible aumentar la producción de algún bien si no reducimos la de otro u otros. Sin embargo, cuando la economía está situada por debajo de la citada frontera, es posible aumentar la producción de todos los bienes al mismo tiempo.

[14] Para Carlos García Ciriza (Presidente de ASEAFI), los inversores visualizan algo este concepto cuando se les habla de “vibración del bolsillo” (comunicación personal).

[15] Es lo que los economistas llaman la racionalidad económica de una determinada relación causal.

[16] Por ejemplo, Schroders –el mayor fondo de inversión del mundo– se presenta como “[…] We employ more than 3,500 talented people worldwide operating from 37 offices in 27 different countries across Europe, the Americas, Asia and the Middle East, close to the markets in which we invest and close to our clients […]”. Véase http://www.schroders.com/annualreport2014/servicepages/downloads/files/entire_schroders_ara14.pdf

[17] Es fácil constatar que existe un amplio abanico de diferentes tipos de interés de mercado (por ejemplo, el de la deuda pública, el de los depósitos bancarios, el de los fondos de inversión, etc.), así que incluso en el caso de las decisiones estrictamente individuales la elección de la tasa de descuento es un asunto complicado. Únicamente en el caso ideal de que la economía funcionase de forma perfecta (por ejemplo, no hubiese monopolios ni oligopolios) habría un único tipo de interés, el cual serviría tanto para las decisiones individuales (invertir en conocimiento, ahorrar, etc.) como para las decisiones colectivas (por ejemplo, asignar presupuesto público entre diferentes programas sanitarios).

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